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A diez años de la muerte de Amy Winehouse

Había deslumbrado al mundo con sus dos primeros discos. Tuvo un final previsible.

A las diez de la mañana, el guardaespaldas se acercó a su puerta y no escuchó nada. No lo sorprendió. Tampoco cuando repitió el movimiento a las 12 del mediodía. Supuso que dormía. La noche anterior se había quedado en su habitación despierta hasta tarde. Tres horas después, el hombre se preocupó. Fue a despertarla. Le habló despacio desde la puerta. No recibió respuesta. Se acercó y levantó el tono de voz. No recibió respuesta. Agachado sobre la cama, sacudió a la joven de 27 años. Tampoco hubo respuesta. Recién en ese momento sintió el hedor del alcohol. Pegó un grito. Dudó un segundo hasta intentar alguna maniobra de resucitación. Abandonó rápido el intento y llamó a una ambulancia, aunque sin demasiada esperanza.

Eran las 4 de la tarde del 23 de julio de 2011. Amy Winehouse había muerto por una intoxicación etílica. Al costado de la cama había tres botellas de vodka vacías. Los análisis toxicológicos demostraron que no había rastros de drogas en su sangre. Solo alcohol. Muchísimo. Una cantidad desmesurada. 4.16 gramos por litro de sangre. El límite antes del coma alcohólico es de 3.5. Tenía 27 años y una voz excepcional. A pesar de ser tan joven, nadie se asombró demasiado con la noticia. Su caída había sido previsible e inmensamente pública. Cada borrachera, cada exceso, cada incumplimiento contractual había sido a los ojos de todo el mundo. Un ejemplo: tres años antes, en 2008, cuando Amy tenía 24, el Sunday Times publicó un artículo titulado: “¿Puede ser salvada Amy Winehouse? ¿Existe algo que pueda salvarla de ella misma?”.

Amy se había deshecho en público. Como había escrito en el tema que titulaba el disco que la consagró Back to black: “Morí cientos de veces”. Ese 23 de julio fue la última y definitiva. Una muerte lenta, solitaria, previsible y precoz.

¿Cuándo empezó su caída? Imposible afirmarlo con exactitud. Los señalamientos comenzaron el mismo día de su muerte. ¿Quiénes fueron los principales responsables? ¿Su padre, su ex marido, su ex novio, la prensa, la industria? Un deporte habitual: tratar de encontrar una explicación que cierre, un villano que tranquilice las conciencias, que aplaque la incertidumbre, que expurgue al que se fue.

Desde su primera juventud, Amy sufrió de depresión y bulimia. El trastorno alimenticio estuvo oculto durante mucho tiempo. Luego, llegaron el alcohol y las drogas. En cantidades industriales.

Amy Winehouse fue una cantante descomunal. Su voz era una fuerza de la naturaleza. Sus primeras grabaciones son sorprendentes. Una chica de veinte que canta con la profundidad de una veterana, con un color de voz único y un manejo técnico deslumbrante. En la plenitud de sus facultades se la notaba con un total control de su arte, una habilidad innata. Era algo real, emocional, auténtico. No había artificios. Había un dolor ancestral en su canto. Alguna vez reconoció que no se le había pasado por la cabeza ser cantante profesional porque el canto para ella era natural, cotidiano, algo que siempre estuvo a su lado. Sus primeras apariciones públicas mostraban a una chica de gran franqueza, con una naturalidad salvaje y una frontalidad desusada.

En sus inicios ella se consideraba una cantante de jazz, pero con sus dos discos oficiales (luego de la muerte la discográfica editó algunos desparejos álbumes con tomas descartadas) se convirtió en la gran cantante de R&B, soul y pop del siglo XXI. Back to black es una pequeña obra maestra, la cumbre de su arte, de su legado escaso. Además de un éxito de crítica fue un descomunal suceso de ventas. Millones de copias en todo el mundo y premios de todo tipo. Cinco Grammys, Mercury Prize y varios Brits Awards.

Frank, su primer disco, tuvo una buena recepción, el impacto de lo inesperado. Una voz que parecía pertenecer a alguien mucho mayor. La búsqueda artística era permanente; deseaba ser auténtica. Las letras de sus canciones componen una autobiografía, una antología de pequeños fracasos, un catálogo de frustraciones amorosas. Ya en esos años los escándalos comenzaron a acecharla. Una conducta errática en varias apariciones públicas, algún concierto suspendido, recitales con performances vocales muy por debajo de sus posibilidades.

Lo que todavía no se sabía en ese momento era que los problemas con el alcohol y la droga eran tan severos. Había tenido colapsos e internaciones por sobredosis que la pusieron al borde de la muerte en varias ocasiones. En una de ellas encontraron en su sangre rastros de alcohol, cocaína, crack y heroína. Las versiones oficiales hablaban de chequeos de rutina, de una mala reacción a un medicamento o de cansancio extremo aunque todos supieron qué era lo que sucedía.

Eran los tiempos en que estaba de novia con Blake Fielder-Civil, un joven algo más grande que ella al que muchos del entorno de la cantante sindican como el responsable de haberla sumergido en las drogas. Parece difícil llegar a un veredicto tan contundente. Blake era, como Amy, una persona rota. Se saboteaban a sí mismos con igual eficacia. Y esas necesidades, esas carencias hicieron que se juntaran y que se reconocieron como pares y se enamoraran. Luego vendrían las separaciones y las reconciliaciones -siempre volvían- hasta que a Blake lo encarcelaron por casi dos años. Una de esas rupturas le proporcionó todo el contenido lírico a Back to black, la obra consagratoria de Amy.

En ese disco a la voz de Amy, a su fraseo único se le sumó la producción de Mark Ronson. Este le dio a las canciones un aire soulero, mezcla de las producciones de Phil Spector con Motown, con todos los avances del nuevo siglo, que catapultó al disco y a su cantante a la cima de todos los charts. El álbum vendió, en todo el mundo, más de 20 millones de copias. El tema que mayor difusión tuvo fue Rehab. Ese en el que la cantante le dice no, no, no a ingresar en rehabilitación.

En Amy, el documental ganador del Oscar dirigido por Asif Kapadia (especialista en biopics documentales como Senna y Maradona) surge otro de los señalados como culpables y a quien luego de la muerte de Amy no dudó en salir a disparar acusaciones hacia todos los frentes: el padre de Amy, Mitch Winehouse. Negador, no reconoció los problemas de su hija hasta bastante tarde (él fue uno de los principales opositores a que su hija ingresara en centros de rehabilitación durante largo tiempo). Ausente en gran parte de la vida de su hija hizo su aparición en el momento menos apropiado. Fascinado por la fama, por los flashes, hizo todo lo posible para no perder figuración y para obtener los mayores beneficios posibles de esta nueva situación: ser el padre de la nueva estrella del momento.

La prensa sensacionalista procuró quedarse con un pedazo más de ese cuerpo que se desintegraba a la vista de todos. La vulnerabilidad de la cantante no les provocaba compasión; muy por el contrario, alimentaba su voracidad. Los paparazzis, decenas, estaban permanentemente apostados en la puerta de su casa. Capturar una imagen con el maquillaje corrido, con sangre en la ropa, presenciar alguna pelea conyugal o, tal vez, un colapso físico era una posibilidad siempre presente en la caótica vida de Amy. Y nadie estaba dispuesto a perdérselo. La banda de sonido de cada aparición pública de la cantante eran los clics de los flashes fotográficos. Amy se desmoronaba en tiempo real ante los nunca frugales paparazzis. Una nube de fotógrafos llegó a acompañarla hasta el ingreso de una de sus internaciones.

Fuente: Infobae

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